LOS HIJOS DE SUS HIJOS.

Enviado por: Alicia Meléndez de Peyrano. (Boston. Mass)

Los Hijos se van... Hay que aceptarlos con esa condición, hay que criarlos con esa idea, hay  que asumir  esa realidad. No es que se van... es que la vida se los lleva. Ya no eres su centro. Ya no eres propietario, eres consejero. No diriges, aceptas. No mandas, acompañas. No proyectas, respetas.

Ya necesitan otro amor, otro nido y otras perspectivas. Ya les crecieron las alas y quieren volar. Ya les crecieron las raíces y maduraron por dentro. Ya les pasó las borrascas de la adolescencia y tomaron el timón. Ya miraron de frente la vida y sintieron  el llamado,  para vivirla por su  cuenta. Ya saben que son  capaces de las mayores aventuras, y de la más completa realización. Ya buscaran un amor,  que los  respete, que quiera compartir, sin temores ni angustias  las altas y las bajas en el camino, que les endulce el recorrido  y los ayude  en el   fin que quieren conseguir.

Y si esa primera experiencia fue equivocada, tendrán la sabiduría y las fuerzas, para soltarla, así , otro amor les llegará  para compartir sus vidas en armonía. Ya no les caben las raíces en tu maceta, ni les basta tu abono para  nutrirse,  ni tu agua para saciarse,  ¡ ni tu protección para vivir !. Quieren crecer en otra dimensión, desarrollar su personalidad, enfrentar  el viento de la vida, al asombro del amor y al rendimiento de sus facultades.

Tienen un camino y quieren explorarlo, lo importante es que sepan desandarlo. Tienen alas y quieren abrirlas. Lo importante es que sean limpias, de un vuelo alto y de conciencia recta. Tienen juventud y quieren vivirla. Lo importante es el corazón sensible, la libertad asumida y la pasión a flor de piel. Que la rienda sea con responsabilidad, y la formación, llena de luz.

Tú quedas adentro. En el cimiento de su edificio. En la raíz de su árbol. En la corteza de su estructura. El lo profundo de su corazón. Tú quedas atrás. En la estela luminosa que deja el barco al partir. En el beso que les mandas. En el pañuelo que los despide. ¡En la lágrima que los acompaña! Tú quedas siempre en su interior, aunque cambies de lugar.