DON FRANCISCO de PAULA MELÉNDEZ

                                                                       

 

 

“Don Francisco de Paula Meléndez, a pesar de su honradez y hombría de bien tuvo una vida muy accidentada que lo hizo sufrir mucho, y en la cual pudo manifestar todo el carácter y temple de su raza y la severidad de su conciencia.

Viviendo en su posesión de Atarigua, fueron invadidas su casa y la de su madre Doña Juana Bautista Montesdeoca, por una patrulla de revoltosos capitaneada por José Oliveros, acompañado de los Comisarios Encarnación Bruno Tovar y de otros Individuos armados, con el objeto de prender a Don Francisco de Paula, sin tener ninguna orden superior; Don Francisco huyó a los rnontes y mientras tanto fueron a dar testimonio de lo acontecido ante Don Anselmo Riera, Jefe político de Carora, el testigo Don José Antonio Perera, quien venía de Barquisimeto, y Martiniano García, cuñado de Meléndez. Las declaraciones de los revoltosos fueron contradictorias, no habiéndose podido seguir la trama de este suceso por estar inconclusos los documentos que a él se refieren; pero Don Anselmo Riera declaró que Meléndez y Vicente Luna, a quien hizo preso la patrulla, eran personas que “por notoriedad son pacificas y obedientes a la justicia”. Esto sucedió en el año de 1845.

El 28 de octubre de 1846, estando Don Francisco de Paula en su posesión del potrero de La Vereda, en Atarigua, se encontró allí con los señores Pedro Antonio Castañeda, José de Jesús Oliveros, sobrino de Castañeda, y José de Jesús Riera, enemigos de Meléndez, pues ya desde atrás habían obrado los Oliveros y Castañeda contra Meléndez y sus intereses, cortando maderas y destruyendo cosas en su posesión, y destrucción de los linderos del Portachuelo de Maraca, fijados por el Alcalde Don Anselmo Riera. Don Francisca iba acompañado de su hijo Don Emigdio y de un peón suyo. En el encuentro resultó muerto Pedro Antonio Castañeda y heridos Don Francisco Meléndez y José Oliveros, siendo Don Francisco conducido por su hijo a una quebrada donde lo pudo esconder. En el juicio promovido declaró Riera que Don Francisco había dado muerte a Castañeda y herido a Oliveros; pero Don Francisco niega el homicidio que se le atribuye y declara que él fue maltratado y herido por José de Jesús Oliveros y un hijo de Justo Torcales, enviados ambos por Pedro Antonio Castañeda, y que de la muerte de Castañeda sabe que oyó un tiro un poco distante de donde él estaba. Después de un juicio sumario el Juez de Primera Instancia declaró culpable de homicidio a Don Francisco Meléndez y lo condenó a muerte. Llevado el proceso a la Corte Superior de Valencia, esta absolvió a Meléndez de la pena capital, y lo condenó únicamente a cuatro años de confinamiento en la Provincia de Carabobo y en pagar doscientos cuarenta y tres pesos por valor de Papel Sellado. Es de justicia señalar aquí la noble conducta de Doña Rosalía Meléndez, esposa de Don Bernardino Herrera y hermana de Don Francisco de Paula, quién se fue a Valencia a diligenciar con Abogados, sobre la causa que se le seguía a su hermano. Refiere un hijo de Don Emigdio Meléndez, el hijo de Don Francisco de Paula, que su padre (Don Emigdio) le refirió que al acercarse al lugar donde a su padre lo estaban maltratando, llevando un arma y contando sólo quince años de edad, disparo hacia el grupo ofensor, logrando derribar a Castañeda, y huyendo los demás. Es esto lo más verosímil, ya que Meléndez no estaba obligado a denunciar directamente a su hijo, y Oliveros y Riera al huir no supieron quién era el homicida.

En una de las prisiones de Don Francisco de Paula Meléndez escribió a su esposa e hijos, una memorable carta, llena de sabias enseñanzas de la cual se extraen los siguientes párrafos:

-No es una autoridad arbitraria la que me separa de vosotros, no son los efectos de una persecución calumniosa, no es la epidemia política de la guerra civil, no es la envidia irritada que se enfurece por los elogios que me tributan los pueblos. No: la Providencia, hijos míos, la Providencia sabia justa y buena, que todo lo gobierna y rige, es quién lo dispone, no son los hombres sino ejecutores de su voluntad.

-Irrítese en su desgracia el pagano qué venera en los ídolos los protectores del vicio, que no conoce otros placeres que los terrenos y  sensuales. Sea un suicida el ateo que forma el mundo de los átomos y no cree en otra armonía que en la de los encuentros físicos y las intrigas políticas…,  el católico extiende su vista sobre esos siglos que no acaban sino donde son recompensadas la verdad y la justicia.

-Sólo podréis ser desgraciados por vosotros mismos. Yo no conozco sino un mal: éste es apartarse de los caminos del Señor, No troquéis vuestras almas con ninguna cosa de la tierra. Recordad lo elevado de vuestro origen para no prostituiros... ¿Dónde están las riquezas de nuestros abuelos? ¿Dónde los títulos con que se recomendaban?... Pero las virtudes son los únicos bienes permanentes. No es mi intento preveniros que olvidéis vuestra noble2a. Jesucristo, verdaderamente humilde; quiso descender de Reyes. Nuestra casa en España tiene de antigüedad cerca de dos mil años... En los retratos de nuestros mayores meditemos únicamente sus virtudes. Tengamos presente que todos fueron católicos… Persuadámonos que si nuestros ascendientes hubieran sido viciosos ya sus nombres habrían desaparecido de la tierra. Un noble es un modelo que se fija en los pueblos para que los de la clase inferior continuamente lo vean y sigan su ejemplo.

-Evitad el ocio y la contracción excesiva al tocador y los adornos, un cuerpo que merece toda nuestra atención manifiesta un alma en  abandono… No hay gala tan recomendable como la modestia, no hay joya tan preciosa como la castidad, no hay espejo tan terso como la labor de las manos.

-Si muero, y en algún tiempo os separáis de la causa de mis padecimientos y de mis consejos, vendré desde la eternidad a arrancaros del corazón la sangre que os trasmití de mis ilustres ascendientes.

   

El escritor Cecilio Zubillaga Perera, ha hecho el siguiente juicio crítico de la carta de Meléndez, de la cual se conserva una copia en el “Archivo Zubillaga” de Carora.

“Un hombre de tal inteligencia creadora no ha debido quedarse en la inercia. Su estilo vibra, revelando el dinamismo de su acción, y cierta vehemencia impulsiva se siente latir en sus periodos, a pesar de que se le ve toda su razón sujetada a las más serenas normas filosóficas… Así dice el paladinamente que el amor a la justicia, siguiendo la huella de sus antepasados, lo llevó al amor de los pueblos, quienes no supieron entender que el defensor de los derechos  del hombre es el primer defensor del buen Gobierno. Esta faz de la magnifica carta del Sr. Meléndez me lo ha puesto de bulto como un hombre posesionado de la trascendencia filosófica de las doctrinas políticas más valederas en su tiempo, y que aun estaban ligadas con estrechísima simpatía a las ideas humanitarias y liberales de los enciclopedistas franceses. ¿Estaré herrado en mi aprehensión? Además tengo otro atisbo al respecto: aunque el Sr. Meléndez se revela altisonantemente, con una arrogancia medioevalesca, respecto a la validez de la nobleza, que afirma venirle a su escudo familiar por una constancia Española de dos mil años, y a la defensa de cuya honra manifiesta deberle sus padecimientos de prisionero, se aparta, sin embargo, de la pretensión pedantesca que concibe que la nobleza da lustre aristocrático por sí sola, sin necesidad de hacerla valedera por las acciones beneméritas de quienes la heredan. Era desde luego un revolucionario en el sentido de la superación individual para el valimiento de la originaria distinción, y en ese caso andaba también con los progresos democráticos que inició en el mundo el movimiento anti-anquilósico de la Revolución Francesa. Las ideas del Sr. Meléndez, infundidas en aquellas tendencias de renovación, han hecho camino suficiente en la vida de las sociedades, de tal modo que hoy vemos  la nobleza como simple función de exigencia, cada vez mas compleja y formidable cuantos mas complejos y formidables son los fines humanos por los cuales el hombre, en su aspiración de perfeccionamiento, lucha y ambiciona. Por lo demás la referida carta es un primor excelente de moralidad. Sus sentencias valen hoy como entonces, y nada menos pudiera decirle a sus hijos un padre celoso de la honra de su casa. En sus sanos, prudentes y atinados consejos, no hay extravagancia de fanático ni necedades de timorato. A no ser un energúmeno feminista, ningún moralista moderno podría recomendar mejor método de vida, privada y social, a unas niñas para conducirse con dignidad y garantías en la familia y en la sociedad”.

En 1831 se encontraba preso Don Francisco de Paula en la Cárcel Pública de Carora, siendo jefe Político Don Lázaro Perera Álvarez, habiendo sucedido entonces la fuga de los presos, en la cual no tomó parte el señor Meléndez (V. biografía de Don Lázaro Perera Álvarez, tomo II, Pág. 79).

Tenía conocimientos de la Jurisprudencia, él mismo se defendía ante los tribunales, repreguntando testigos, intentando juicios de tachas, haciendo solicitudes, como un perito en derecho, lo que se comprueba con sus cartas y papeles que aun se conservan, todo lo cual revela en Meléndez una cultura avanzada, tal vez adquirida en las aulas del Padre José Félix Espinoza de los Monteros, ya que la familia de Meléndez vivió en Arenales. Murió el 06 de Junio de 1853, lunes en la madrugada.” 

 

Historial Genealógico de Familias Caroreñas. Dr. Ambrosio Perera. 1933.-