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La
Aparición.- |

Por: Fernando Meléndez R.
Estando de vacaciones en Carora y de novio con la que fuera mi esposa y madre de mis hijas, Macarena C. Izcaray Yépez, me aconteció lo siguiente:
El día 12 de Octubre de 1970 decidimos pasar el día en las playas de Maracaibo (Edo. Zulia). En efecto nos fuimos, Doña María Cristina Yépez de Izcaray (Madre de Macarena), mi tía María Cristina Meléndez Silva (Chelo), mi prima Alicia Cristina Riera Meléndez, Ramón Herrera Álvarez, y Macarena Cristina Izcaray Y.. Muy Temprano en la mañana partimos hacia las playas de Maracaibo. Todo el viaje y paseo fue muy tranquilo y placentero, la pasamos muy bien. Regresamos a Carora ya algo de noche (7:30 PM.) ese mismo día. En casa de los Izcaray había una pequeña reunión de hermanos.
Yo estaba hospedado en casa de mi gran amigo William Quintero Leal, quién generosamente me había prestado su automóvil para movilizarme. A eso de las 12:30 AM. decidí retirarme a dormir a casa de mi amigo porque me sentía algo cansado por el paseo. Por pena no comí en casa de Macarena, y a esa hora tenía mucha hambre. Recorrí todos los sitios posibles de comida rápida en Carora, pero no me fue posible conseguir alguno abierto. Fue entonces cuando se me ocurrió la mala idea de comprar unas arepas en la encrucijada de “Puente Torres”; un sitio distante de Carora en tiempo de unos 30 minutos. Allí permanecían abiertos las 24 horas. A pesar de que ida y vuelta era una hora, considere la posibilidad y decidí llegar hasta allá. Compraría las arepas y me regresaría a casa de mi amigo William para comer los dos (Seguramente a esa hora él tendría hambre también).
La carretera que conducía a Puente Torres saliendo por el Aeropuerto, para esa época, era un poco peligrosa, con muchas curvas fuertes y puentes angostos donde difícilmente cabían dos automóviles.
Me tomé con calma tal empresa. Después de haber recorrido unos kilómetros, subí un poco los vidrios del auto porque sentía algo de frío (2:30 AM.). Al aproximarme a una curva fuerte seguida de un puente angosto, reduje la velocidad y empecé a tomar la curva. En ese instante no se que pasó, pienso que me adormilé por fracciones de segundos, y cuando me percato, iba derecho al vacío. Vi el puente a mi lado derecho y hacia esa dirección giré el volante. Pero con el violento giro, el vehículo comenzó a inclinarse derrapando por el pavimento, para luego justo antes de chocar con la baranda del puente, volcó rodando cuesta abajo por el abismo. Yo como pude me aferré con todas mis fuerzas del volante, y me sumergí en el asiento…
El vehículo fue dando tumbos y vuelcos cuesta abajo. Fueron segundos, pero para mi una eternidad, hasta que se detuvo con las ruedas hacia arriba en el lecho arenoso de la quebrada.
La madrugada estaba sin luna, todo era muy oscuro. Dentro del vehículo no podía ver, además de que entró mucha arena a la cabina y casi no podía respirar. A medida que se fue disipando el polvo pude apreciar mejor las formas; primero empecé por tocarme la cabeza y la cara al igual que el resto del cuerpo, para saber si estaba completo y no tenía heridas; no las había, le di gracias a Dios. Luego empecé por moverme dentro de la cabina apartando restos de asiento en búsqueda de una salida. En esos instantes me percato de un fuerte olor y del goteo de la gasolina derramándose, mi angustia fue mayor por salir… aquello se iba a encender conmigo adentro! . Por donde medio veía un claro intentaba salir, pero no cabía… en ese instante miro hacia mi lado izquierdo y logré ver una mano!... extendida como en señal de que la tomara, de fondo algo como un vestido con bordados a nivel de suelo. En ese instante pensé que era una señora de alguna casa cercana, gente que habita en casas humildes hechas de barro y caña por esos lugares.
Me apresuré a tomar dicha mano con la izquierda mía en señal de advertir que había alguien con vida dentro del automóvil, a la vez que gritaba… Aquí!...Aquí!... estoy vivo!.
Tomé fue el picaporte o manilla de la puerta trasera derecha, me aferre a ella y me hale hasta que pude sacar medio cuerpo del vehículo, en ese momento al apoyarme en el brazo izquierdo para incorporarme sentí un agudo dolor en el hombro. Salí corriendo como loco en la oscuridad, quería alejarme lo más pronto del auto por el temor de que explotara en llamas. En mi desaforada carrera choqué contra una de las bases del puente, dándome un fuerte golpe en la frente, caí aturdido de espaldas al suelo. Me reincorporé y aguardé unos minutos, en ese momento me pregunte por la señora que me había tendido la mano… no había nadie… estaba completamente solo!.
A duras penas pude aclarar un poco mi vista y vi arriba el borde de la carretera. Como pude de rodillas subí a ella. No pude hacerlo parado porque tenia calzado de suela, y me resbalaba con las lajas de la cuesta. Una vez en la carretera empecé a quitarme las espinas que pude de la tunas que tuve que aplastar en mi escalada, y me hice un cabestrillo con la misma camisa que cargaba para el brazo izquierdo, ya que el dolor era terrible.
Estando recostado de una de las barandas del puente pasó un autobús de “Expresos Maracaibo”, le hice cuantas señas y advertencias posibles…no se detuvo… comprendí tristemente que era inútil esperar allí que alguien se detuviera… no se notaban señas de accidente alguno…el auto yacía en el fondo y apenas podía verlo yo desde el puente… mucho menos un vehículo que viniera por la carretera. Decidí emprender camino hacia Carora, la noche estaba tan oscura que tenía que caminar por el centro de la carretera para guiarme por el rayado de la misma y no caer por descuido al fondo de un barranco. Para tener noción de la ubicación del accidente fui contando los puentes. Pasaron dos vehículos más, yo me devanaba en hacerles señas y pedirles auxilio…pero nadie se detenía. A lo lejos se veían los resplandores de las luces de Carora contra el cielo. Cuando alcancé lo alto de un cerro por donde serpenteaba la carretera, logré ver a lo lejos el cruce de la carretera que va hacia la población de Aregue y las luces de un auto que venía de esa población, me alegré cuando observé que las luces viraron hacia donde yo venia. Tomé posición al borde de la carretera. Al pasar el vehículo hice cuanta señas pude y les pedí auxilio…no se detuvieron. Frustrado continué mi camino, a los pocos minutos escuche el ruido de motor de otro auto que venía en dirección contraria al anterior… con alegría me di cuenta que se trataba del mismo por uno de los faros que no alumbraba bien. De nuevo tomé posición y les hice señas y pedí auxilio… pero tampoco se detuvieron. Seguí con la mirada las luces traseras hasta que llegaron de nuevo al cruce de Aregue, y de nuevo con alegría vi que se daban vuelta hacia donde yo estaba. Cuando pasaron a mi lado lo hicieron mas despacio y pude gritarles de que se trataba de un accidente, que me ayudaran. De pronto me segó la luz de una linterna y escuche a alguien que gritaba dentro del vehículo… párate!... ese es un Meléndez!... Inmediatamente el vehículo frenó y se bajaron varias personas para ayudarme a entrar al auto… yo no paraba de decirles lo que había pasado, y que el accidente era a siete puentes de donde nos encontrábamos. Eran gentes de Aregue que andaban tomando licor… me ofrecieron un trago de ron, el cual yo acepte con agrado. Inmediatamente fui llevado al Hospital de Carora por estas buenas personas. Allí fui atendido de inmediato en emergencia por el Dr. Curiel (amigo de mi Papá), tenía una fractura en el hombro (cavidad glenoidea), contusión fuerte en la pierna izquierda y frente, además de rasguños y golpes por todo el cuerpo. Inmediatamente se apersonaron mis tíos Ricardo Meléndez Silva, y Jesús Meléndez Silva, al igual que Macarena y familia en el hospital.
Estando ya mas tranquilo en una habitación del hospital, me puse a pensar sobre lo sucedido, no me atrevía a contar lo que me había pasado con la visión que tuve, por temor de que pensaran que eran inventos o locuras mías. Le pedí a Doña María Cristina Yépez de Izcaray me llamara al Padre Manolo (Yo lo había elegido como consejero espiritual). Al Padre Manolo le narré lo sucedido, el me dijo que sin duda nuestra Señora de La Chiquinquirá de Aregue me había protegido y ayudado en tan aciago momento… así también lo acepté yo… hasta la gente que me recogieron en la carretera eran de Aregue…
Cuando me recupere de mis lesiones fui a la basílica de Nuestra Señora de la Chiquinquirá de Aregue en esa población para darle gracias por el milagro de vida que realizó en mí…
N del A.
A muy pocas personas he relatado esta vivencia, ahora la quiero compartir con todos ustedes…Gracias.-